August Drexler

August Drexler era un hombre corriente que pasaba desapercibido ante sus convecinos. Un hombre gris que sobrevive al margen de la vida. Tenía un trabajo mediocre en una oficina con un sueldo regular, que le permitía vivir aunque sin lujos. Tampoco los necesitaba en esa pequeña casa en medio de otras algo más grandes que la suya pero no lo suficiente para que destacara su pequeñez.

En la casa de August Drexler nunca entraba nadie, sólo hubieran encontrado una vivienda con las puertas cerradas excepto la de la sala de estar donde un sillón, una mesa y una radio reposaban lánguidamente, tan ajenas a su dueño como el resto del mundo. Todos los muebles estaban siempre limpios, si bien no relucientes, con el cuidado exacto para que no se estropearan. Nadie llamaba a su puerta nunca, ni siquiera para intentar venderle algo. Nunca recibía correspondencia más allá de las facturas normales ni el cartero le había visitado para entregarle algún paquete o sobre en mano.

Si alguien hubiera observado durante mucho tiempo a August Drexler, se habría dado cuenta de que nunca compraba nada nuevo; su ropa era oscura y algo gastada por el uso. Un traje azul marino parecía repetirse a diario, sin embargo, nadie prestaba atención a esto. Nadie se fijaba en él.

La vida de August Drexler era corriente, muy corriente. Demasiado corriente. No había nada extraño en él. No era muy alto ni muy bajo, no era muy pálido o muy moreno, ni gordo ni delgado. Tampoco en exceso inteligente o, si lo era, a nadie le importaba. Sólo había algo que realmente se salía de lo habitual. Su fuerza.

Sí, August Drexler era anormalmente fuerte, si bien la gente lo pasaba por alto, como tantas otras cosas en las que podría haberse fijado, por ejemplo esa trampilla disimulada bajo la mesa de la sala o que la parte externa de la radio no era sino una carcasa que ocultaba un aparato bien diferente. Claro que para esto alguien debería haber visitado su casa... voluntariamente.

La policía nunca aclaró la desaparición del matrimonio Clarence y Emma Howards o de Claudette Larue. Los testimonios de sus respectivos hijos, Emily y Josh, de 6 y 5 años en el momento de cada uno de los sucesos no fueron tenidos en cuenta. Habían visto un monstruo pequeño, con dos grandes ojos y una boca redonda con colmillos que se había llevado a sus padres. Fantasías infantiles.

Nadie relacionó con estos incidentes con August Drexler. Ni siquiera le echaron de menos cuando se marchó sin avisar a nadie. Eso supusieron casi un año después de su partida, cuando alguien de su trabajo se fijó en que su puesto estaba vacío, igual que comprobaron con su casa, por lo que se descartó un nuevo secuestro.

Sólo un par de meses después de que los nuevos dueños se hubieran instalado en la vivienda, descubrieron la trampilla disimulada. Cuando bajaron a comprobar qué había, les sorprendió toparse con unos garfios colgados del techo, una amplia mesa con unas manchas resecas de color rojo oscuro y las últimas pertenencias de August Drexler: un traje azul marino bien doblado y una máscara hecha con un extraño tejido similar a la piel.

Si alguien se hubiera fijado en alguna ocasión en el rostro de August Drexler, se habría hecho muchas preguntas.

3 lectores en Miskatonic:

  1. Dr. CroW dijo...:

    Muy buen texto. Me encantó.

  1. El Arcano dijo...:

    Si alguna vez desaparezco, por favor que investiguen al vecino del 2º6. Siempre sale con el mismo traje azul.

  1. El Erudito dijo...:

    Gracias Dr. Crow. Espero que los próximos relatos que ponga también te inspiren a cometer atrocidades ne nombre de los dioses arquetípicos y otras criaturas de buen vivir :-D

 
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